Repositorio: Enlace carpeta con Artículos/Informes/Libros de interés para investigadores, instrumentos de investigación relacionados con los objetivos de la Cátedra RTVE-USAL NJM.
Año 2026
Santiago Tejedor – Catedrático Periodismo UAB , ver publicaciones aquí.
«Educar también significa aprender a mirar el mundo desde otros lugares»
El viaje aparece de manera recurrente en la trayectoria académica, periodística y docente de Santiago Tejedor. Catedrático de Periodismo de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), periodista, investigador y director del Gabinete de Comunicación y Educación, ha convertido el desplazamiento, la exploración y el encuentro con el otro en herramientas para investigar, enseñar y contar. Sus trabajos sobre periodismo de viajes, alfabetización mediática, nuevas narrativas y tecnología comparten una misma preocupación: cómo aprendemos a mirar y comprender un mundo cada vez más complejo. Esa filosofía está presente también en proyectos como la Expedición Tahina-Can, que dirige desde 2004, o en iniciativas de investigación como OI2, el Observatorio para la Innovación de los Informativos en la Sociedad Digital impulsado en el marco de la Cátedra RTVE-UAB. Frente a una sociedad caracterizada por la velocidad, las pantallas y ahora también por la inteligencia artificial, Tejedor reivindica la curiosidad, el pensamiento crítico, la experiencia y los valores como elementos esenciales de cualquier proceso educativo. En 2026, la Universitat Autònoma de Barcelona reconoció su trayectoria y compromiso con la enseñanza en el marco de sus Premios a la Excelencia Docente.
Muchos de tus trabajos adoptan el viaje como hilo conductor o metáfora. ¿Por qué?
Porque el viaje permite explicar muy bien lo que significa aprender. Cuando viajamos partimos de un lugar conocido hacia otro que desconocemos. Tenemos un itinerario, pero aparecen imprevistos; llevamos preguntas y regresamos con otras nuevas. En la educación sucede algo parecido. El viaje está muy presente en mi trabajo periodístico, en mis libros y artículos y también en mi manera de entender la docencia. He investigado las transformaciones del relato viajero en Internet, he trabajado sobre el denominado «viaje 2.0», he escrito crónicas y, sobre todo, llevo muchos años viajando con estudiantes. Con el tiempo he comprobado que lo más interesante no siempre es llegar al destino previsto. A veces es precisamente aquello que sucede por el camino. Esto también ocurre en un aula. Un profesor prepara contenidos y actividades, pero una pregunta inesperada de un estudiante puede llevar la clase hacia un lugar mucho más interesante. Por eso me gusta el viaje como metáfora educativa: sabemos desde dónde partimos, pero no deberíamos conocer de antemano todo lo que vamos a encontrar.
¿Viajar ayuda a fomentar el pensamiento crítico?
Puede ayudar muchísimo, pero viajar por sí solo no garantiza nada. Podemos desplazarnos miles de kilómetros y continuar interpretando todo desde nuestros propios prejuicios. El potencial educativo aparece cuando el viaje nos obliga a contrastar lo que pensábamos con lo que encontramos. Llegamos a un territorio con imágenes previas construidas por los medios, las redes sociales, los libros o nuestras propias ideas. Y de repente hablamos con alguien cuya historia cuestiona ese imaginario. Ahí aparece el pensamiento crítico: comparar, preguntar, revisar nuestras certezas. Es algo que intento trabajar especialmente con mis estudiantes. Antes de un viaje investigamos qué se ha contado sobre un territorio. Después vamos allí, observamos, entrevistamos y buscamos nuestras propias fuentes. Finalmente comparamos. ¿Coincide la realidad que hemos encontrado con la representación que habíamos recibido? El viaje puede enseñarnos algo muy importante para un periodista y también para cualquier ciudadano: la realidad suele ser más compleja que el relato que habíamos construido sobre ella.
¿Por qué es tan importante potenciar la media literacy?
Porque una parte enorme de lo que creemos saber del mundo procede de contenidos que alguien ha construido para nosotros. Conocemos países en los que nunca hemos estado, personas a las que nunca hemos visto y conflictos que suceden a miles de kilómetros a través de noticias, fotografías, vídeos, redes sociales y, cada vez más, contenidos producidos o modificados mediante inteligencia artificial. La alfabetización mediática nos proporciona herramientas para interrogarlos. ¿Quién ha producido este mensaje? ¿Qué fuente utiliza? ¿Qué evidencia aporta? ¿Qué perspectiva falta? ¿Por qué me está llegando a mí? Me interesa especialmente conectar media literacy y pensamiento crítico porque alfabetizar mediáticamente no significa simplemente aprender a utilizar medios y tecnologías. Una persona puede manejar perfectamente una red social y ser tremendamente vulnerable ante la desinformación. Y hoy añadiría otra dimensión: debemos aprender no solo a consumir críticamente, sino también a producir responsablemente. Todos llevamos un medio de comunicación potencial en el bolsillo. Podemos grabar, editar, publicar y alcanzar a muchas personas. Esa posibilidad implica también valores y responsabilidad.
¿Qué es y para qué has creado la Expedición Tahina-Can, de la que eres director?
Tahina-Can nació en 2004 en la Universitat Autònoma de Barcelona con una idea bastante sencilla: ¿qué sucedería si convirtiéramos un viaje en una experiencia universitaria de aprendizaje? Desde entonces hemos desarrollado expediciones en diferentes territorios en las que estudiantes y profesores investigan, conviven, entrevistan, producen contenidos y conocen directamente comunidades, instituciones, proyectos y realidades sociales. Tahina-Can no pretende sustituir el aula. Pretende demostrar que existen aprendizajes que adquieren una dimensión diferente cuando suceden sobre el terreno. Un estudiante de periodismo puede estudiar durante semanas cómo se hace una entrevista. Pero cuando está en otro país, delante de una persona cuya historia desconoce, quizá con dificultades lingüísticas y culturales, tiene que poner en funcionamiento muchas cosas simultáneamente: documentación, escucha, empatía, capacidad de improvisación, respeto y criterio periodístico. Y existe otro aprendizaje que me interesa mucho. Durante una expedición hay que convivir. Hay cansancio, cambios de planes, responsabilidades compartidas y problemas que resolver. Ahí trabajamos valores que difícilmente caben en un examen: cooperación, generosidad, paciencia, autonomía y respeto. Después de más de veinte años, sigo entendiendo Tahina-Can fundamentalmente como eso: una experiencia educativa que utiliza el viaje para aprender haciendo, conviviendo y contando.
El Observatorio OI2, una iniciativa de la Cátedra RTVE-UAB, conecta con los grandes desafíos del ámbito de la comunicación. ¿Son solo retos tecnológicos?
En absoluto. Ese fue precisamente uno de los aprendizajes importantes de iniciativas como OI2. Cuando hablamos de innovación informativa tendemos a pensar inmediatamente en dispositivos, plataformas y formatos. Todo eso importa, pero la verdadera transformación es mucho más profunda. Las tecnologías modifican cómo producimos y distribuimos información, pero también plantean preguntas sobre credibilidad, participación, modelos profesionales, formación, ética o relación con las audiencias. Hoy sucede algo parecido con la inteligencia artificial. Si reducimos el debate a conocer herramientas, nos estaremos perdiendo lo más importante. Tenemos que preguntarnos qué ocurre con la autoría, las fuentes, la transparencia, los sesgos, la propiedad intelectual, la verificación y la responsabilidad. La innovación tecnológica necesita ir acompañada de innovación ética, educativa y profesional. No todo lo que tecnológicamente podemos hacer necesariamente debemos hacerlo.
En un mundo de pantallas y tecnología IA, ¿cómo podemos repensar la educación?
Creo que debemos empezar evitando dos extremos: pensar que la tecnología resolverá todos nuestros problemas educativos o pensar que debemos proteger el aula de ella. La inteligencia artificial ofrece posibilidades extraordinarias. Yo la utilizo y considero imprescindible que nuestros estudiantes aprendan a trabajar con ella. Pero también debemos preguntarnos qué capacidades humanas queremos conservar y fortalecer. Por eso vengo defendiendo tres movimientos complementarios: pensar con la IA, pensar sobre la IA y saber pensar sin la IA. Utilizarla para ampliar nuestras posibilidades; comprender críticamente cómo funciona, qué limitaciones presenta y qué implicaciones tiene; y preservar momentos en los que leamos, escribamos, recordemos, creemos o discutamos sin delegar esos procesos. Y aquí regreso al viaje. En una sociedad llena de pantallas necesitamos también experiencias. Salir, observar, conversar, tocar, escuchar, equivocarnos, trabajar con otras personas. La educación del futuro será tecnológica, inevitablemente, pero creo que deberá ser también mucho más experiencial y humanista. Cuanto más fácil resulte obtener una respuesta, más importante será aprender a formular preguntas. Cuanto más contenido puedan producir las máquinas, más tendremos que trabajar la autoría, el criterio y la responsabilidad. Y cuanto más tiempo pasemos delante de pantallas, será mayor eñ valor del encuentro, la conversación y la experiencia compartida. Ese equilibrio me parece uno de los grandes desafíos que tenemos por delante: aprovechar todo lo que la tecnología puede ofrecernos sin renunciar a aquello que nos ayuda a pensar, convivir y comprender al otro.
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